La construcción de la historia literaria ha sido cosa de hombres con una visión social sesgada, presos de un paternalismo ancestral que se ha apoderado de los resortes de la sociedad. Cuando pretendemos profundizar en las causas, hay que reconocer que este hecho determina todo el proceso futuro y el olvido de las escritoras durante mucho tiempo. En el caso que nos ocupa ha sido evidente el ostracismo y el silenciamiento de casi todas ellas. Algunas, por mor de la elección como deus ex machina de algunos hombres, se lograron salvar de la quema, pero la mayoría permanecieron en el anonimato hasta que fueron reclamadas, generalmente por estudios de otras mujeres. Este hecho que ha sido atroz a lo largo de la historia ha ido perdiendo adeptos a medida que el siglo XX ha avanzado, pero solo ha sido en el siglo XXI cuando el paradigma y el canon ha ido cambiando algo, aunque en estudios como los de María Rosal[1], Remedios Sánchez y Manuel Gahete Jurado[2] persisten en la idea de que todavía estamos muy lejos de que el canon literario refleje la realidad de la escritura de la mujer. Afirmaciones como las de Chus Visor[3], hablando con la autoridad que le da el ser uno de los editores más importantes de poesía contemporánea, no hacen sino constatar el fenómeno a la altura de junio de 2015:
Lo siento, pero creo que la poesía femenina en España no está a la altura de la otra, de la masculina, digamos (…). Desde luego, si vas a coger a las poetas desde el 98 para acá, es decir, todo el siglo XX, no ves ninguna gran poeta, ninguna (…) No hay una poeta importante ni en el 98, ni en el 27, ni en los 50, ni hoy” (Azancot, 2015: s. p.).
Otros profesores y críticos que han contribuido en la misma dirección de aislamiento y “ninguneo” de la literatura y, en concreto, de la poesía escrita por mujeres pueden ser García Martín o Abelardo Linares Por ejemplo, a la pregunta de “La poesía femenina está de moda, ¿es algo más que una moda?”, el crítico por antonomasia durante los años 80, García Martín,[4] respondía lo siguiente: “Es algo más que una moda: es una pesadilla. Nunca se han publicado tantos libros escritos por mujeres; nunca se han elogiado tantos libros tan detestablemente escritos (…) Detesto la poesía femenina”. Tampoco le iba a la zaga Francisco Bejarano (1992: 39) cuando decía en “Poetisas”[5]: “Poetisas mías, atiendas vuestras mercedes a sus maridos e hijos, mantengan la casa en orden y déjense de versos malos y cochambrosos, que hay demasiados poetas que se dedican a ello con terca dedicación”. Son opiniones que forman parte de un magma de cultivo, un estado de opinión de una época que contrarrestaba con otra de Dionisio Cañas (1989: 52) que decía: “Ahora se puede decir que la poesía escrita por mujeres en la última década marcará definitivamente la estética de este fin de siglo (…) La mujer también ha aportado un aire nuevo exponiendo su perspectiva personal del mundo y de la sexualidad”.
Pero si estas afirmaciones son recientes, cuando después de la llegada de la democracia y la Constitución española de 1978 parecía que se había asumido el concepto de “igualdad”, no digamos nada a principios del siglo XX, cuando el “machismo” era un concepto natural que estaba instalado en la conciencia del hombre con todos los honores. La manifestación del Nobel Jacinto Benavente cuando se niega a dar una conferencia a mujeres porque él “no da conferencias a tontas y locas” evidencia un hecho sintomático que no es casual sino que, como digo, abunda en un hecho natural que se corresponde con otras manifestaciones. No ayudan en este sentido las elevadas tasas de analfabetismo femenino[6] y la conciencia en gran parte de la mujer de esa época de que la función social de la mujer era el ser secundaria o irrelevante con respecto al hombre. El concepto de madre, esposa y ama de casa ha derrotado al de la mujer en igualdad de derechos con el varón. Y no solo estaba mal visto en esa época que una mujer escribiera sino que, en muchas ocasiones, la que lo hacía solo recibía insultos. Un papel importante también lo tuvo la Iglesia como institución que siempre el papel de la mujer a esa minoría de edad de la que ha gozado durante el siglo XX. Son muchas las publicaciones, como recuerda Ferris (2022: 15-16) que inciden en la superioridad de los poetas sobre las poetas, la misoginia y el patriarcado como instrumentos de poder relevantes:
El origen del debate podría estar en el libro La inferioridad mental de la mujer (La deficiencia mental fisiológica de la mujer) de Paul Julius Moebius. Entre las ideas que este libro encierra sobre las mujeres podemos destacar las siguientes: “Las manifestaciones ó exteriorizaciones de su cerebro son menores que en el hombre” (…), “las manifestaciones cerebrales (…) del varón son una mitad mayores”, “la constitución del alma femenina es más sencilla que la masculina”, “las autoras no quieren entender de mi tesis que «las mujeres doctoras ó artistas son producto de una degeneración»”, “las mujeres dotadas de talento son real y verdaderamente víctimas, sea porque merced á sus aptitudes intelectuales renuncian á los impulsos de su naturaleza, sea porque cuando son madres deben esforzarse en servir á dos señores disintos” (Moebius, 1903: XIV-XXII). Por aquí podríamos seguir pero considero que es suficiente. Pero, además en las opiniones que en el prólogo vierte Carmen de Burgos Seguí se justifica una idea que ya he puesto de manifiesto en otros momentos: si el paternalismo, el poder del hombre sobre la mujer, el ostracismo de esta… han sido causados por el hombre, la mujer ha favorecido que este hecho no haya cambiado históricamente. En el prólogo de esta obra de Moebius, Carmen de Burgos Seguí parece darle la razón al alemán cuando dice:
Es preciso hablar claro, en voz alta, con valentía: el feminismo militante, tal como se interpreta por la generalidad de las mujeres, envuelve una idea de desequilibrio, de aniquilamiento, que parece una regresión mística al ideal puro religioso. No puede ponerse en duda, lleva consigo los gérmenes de una absurda teocracia que la adula para mejor esclavizarla (Burgos Seguí, 1903: VI).
Y siguiendo con este razonamiento Burgos Seguí (1903: VI-XI) habla del “aspecto social sospechoso” del feminismo, que “ataca solapadamente a la libertad humana”, “las mujeres del pueblo, entiéndase esto bien, nunca son feministas”, “la hembra ha formado á (sic) la mujer; la mujer á la madre; la madre creará quizá otro tipo superior…” En fin, sus palabras hablan por sí solas.
¿Con estos mimbres qué cesto se puede crear? Una idea que también hace no muchos años denunciaba la propia escritora Juana Castro cuando decía que la mujer también era responsable históricamente de esta situación como recogíamos en nuestra Historia de la literatura española durante la democracia (1975-2020):
Sin embargo, progresivamente ha ido desapareciendo la inercia de la crítica literaria ante el canon poético impuesto tradicionalmente por los hombres, que llevaba a la exclusión sistemática de la mujer poeta. Un criterio que, según Juana Castro[7], ha producido el que se haya despojado a la mujer de memoria histórica al olvidar por sistema a las escritoras precedentes: “Así, cada mujer ha escrito ignorando lo que otras mujeres habían escrito anteriormente, con lo cual se facilita la permanencia del canon masculino porque cada escritora vuelve a ser proclamada como «la primera»”. Aunque no le falta cierta razón a lo que dice Juana Castro, su intención es una forma evidente también de sortear el débito que la mujer tuviera en ese proceso de elección o de comunicación de su obra entre mujeres.
No se trata, en absoluto, de repartir culpas sino de ser fieles a la realidad histórica vivida. Un rechazo a la mujer intelectual que ha seguido el rastro en pensadores como Ramón y Cajal o Gregorio Marañón o el erudito Edmundo Gonzalez Blanco que insistía en la inferioridad biológica, espiritual y psicológica en Las mujeres según los diferentes aspectos de su espritualidad (1930) y atacaba con fortaleza su visión feminista de la sociedad pues en ella veía un peligro para la pérdida de poder del hombre y su dominio social: “La compañera de ayer se ha trocado en enemigo, y, como todo enemigo, quiere, además de vencer, dominar; la dominación de la mujer sobre el ya vencido hombre es actualmente mayor que nunca” (González Blanco, 1930: 188).
Todas estas ideas no hacen sino reflejar un estado de opinión que posteriormente los escritores y ensayistas que van elaborando con sus escritos el canon literario trasladan de consuno y permiten crear el statu quo que hemos vivido y, desgraciadamente, seguimos viviendo durante el XX. De ahí la necesidad de este libro, y de reivindicar el papel de la mujer en él a través de los estudios de estas profesoras y ensayistas, de estos hombres que definitivamente han apostado por dar luz a las que realmente lo merecen.
[1] Rosal, M. (2006). Con voz propia. Estudio y antología comentada de la poesía escrita por mujeres. Sevilla: Renacimiento, p. 11. Incluso más adelante habla de «discriminación» para referirse a este fenómeno de lo que considera una exclusión de la mujer de los manuales literarios: “Por otra parte, semejante discriminación encontramos en los textos escolares, donde los nombres de las mujeres aparecen en una proporción infinitamente inferior a la de los hombres, al igual que sucede con los poemas que los libros de texto presentan como muestra de la teoría aplicada” (p. 44). Y de nuevo vuelve a insistir más adelante, en la p. 73: “Parece claro, pues, este síntoma de desigualdad en lo que a la difusión de la obra de las poetas se refiere”.
[2] Remedios Sánchez García y Manuel Gahete Jurado (Coords.) (2017). La palabra silenciada. Voces de mujer en la poesía española contemporánea. Valencia: Tirant, Humanidades.
[3] Azancot, Nuria (26 junio 2015). Chus Visor: dicen que los novelistas son vanidosos pero ¡hay cada poeta! El Cultural.
[4] García Martín, José Luis (1992). La poesía figurativa. Sevilla: Renacimiento, p. 122. Opinión que es perfectamente coherente con la selección que realiza de poetas en su obra La poesía figurativa (1992), en cuyas notas bibliográficas, de treinta y nueve poetas, sólo hay una mujer, Ana Rossetti.
[5] Bejarano, Francisco (1992). La Torre de Marfil, Sevilla: Renacimiento, p. 39.
[6] En 1900 el 71,4% de las mujeres era analfabeta; los hombres, el 55,8%. Y solo había en ese año dos mujeres que estudiaran en la universidad.
[7] Así lo declara la escritora cordobesa en declaraciones a María Rosal en su obra ya citada (2006: 270).



